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En querida Habana encontré sólo amor, amor de padres, de hermanos, de amistad. El amor fue una constante en mi periplo caribeño, sin amor no me puedo imaginar cómo hubiera sido posible tanto sacrificio.

Nada más llegar a la Habana, me adoptaron unos padres maravillosos, allí encontré un refugio para reponerme de las duras guardias y de la separación de los amores de Canarias. Nada más llegar me encontré como en mi propia casa, Puchón y Pucha se transformaron en las primeras personas indispensables , ellos y mi gran hermana Aidita, Leonel y nietos. En Cuba, la vida transcurría en los 90, entre la cocina y el portal, en la cocina se vive, como en todas las casas latinoamericanas, yo me sentaba en la meseta, que aquí llamamos el pollo de la cocina, a tomar café con  chícharos, una forma de aumentar el café, con mucha azúcar, como allá lo toman. En el portal, se ve la vida pasar, lenta, como todo en Cuba, con un vaso de ron sólo, como lo toman allá. El trasiego de gente vendiendo, es fijo desde muy temprano, hasta que se acaba el género, yo vivía en el barrio del Sevillano, zona residencial muy tranquila con casas de una o dos plantas, todas con un porche. Perros callejeros llenos de sarna y cicatrices, complementan el decorado con los pequeños jardines y los colores pastel de las casas. También fui adoptado por otra familia, Aquiles, Eva y mi hermanita pequeña Aicel, con quien viví un tiempo por allá por el Vedado donde me cuidaron de lujo.

Durante la rotación por medicina interna, fue el Jefe quien me adoptó, la jefa, su esposa, era una cocinera excelente, cuando acababa la jornada de trabajo, me iba a su casa para darme clases particulares. Su casa era de película, pero de película cubana, allí pasé muy buenos momentos, pues me hicieron sentir como uno más de la familia. Cuando llovía, la casa se inundaba y no podíamos hacer nada, salvo poner las camas sobre unos bloques de construcción para impedir que se mojaran los colchones. Recuerdo estudiar con el agua llegando a media canilla, pero nos toábamos las cosas con todo el humor que era posible. Viví tanto con ellos que me dolía ver el estado de la casa. Cuando le preguntaba cómo podría ayudar yo, me contestaba la jefa que eso no era asunto mío, para no preocuparme, hasta que supe que se podía hacer algo con dinero, yo no tenía mucho, pero en lo que pude los ayudé, pues además, la jefa se había quedado embarazada ya, y quiso el destino que me cogiera de guardia en el parto, hasta ese punto se fundieron nuestras vidas, para mí, todo un privilegio.

Recuerdo un episodio de mi estadía en Obstetricia, había una paciente ingresada por preeclampsia, una complicación durante el embarazo, debida a la tensión arterial elevada, la paciente era negra y la tensión arterial elevada es característica en la raza negra. Pues a aquella persona no había manera de controlarle la tensión, así que el jefe de obstetricia me encomendó bajarle la tensión con homeopatía, fue tajante, si se la controlas, podré creer en ti y en tu brujería. Vamos a decir que me piqué, y me puse manos a la tarea, estaba en juego mi saber hacer como homeópata y la salud del bebé y la mamá, pues no podíamos hacerle la cesárea en aquel estado. No era un caso fácil, pero si aquel médico con tan mal carácter me hizo ese encargo, con lo responsable y meticuloso que era en su labor, tenía que hacer todo lo posible para tener un resultado óptimo. Así que me puse con mis glóbulos y gotas a trabajar con la paciente que me miraba de manera un tanto extraña, para no estar con menudeces, he de reconocer que tras una larga noche, lo conseguí, me costó mucho, pero lo logré, la cara del jefe me pareció en aquel momento, no tan dura y seria como hasta entonces, jamás lo vi esbozar una sonrisa o una palabra amable, pero de alguna forma, aquel serio hombrecillo, pues era muy delgado y de baja estatura, me estaba reconociendo mi éxito, porque me dijo, prepara la paciente, tú la vas a abrir y a cerrar, te espero en el quirófano. Fue una experiencia inolvidable para mí, pude hacer lo que hoy en día llaman,  medicina integrativa, fusionando una terapia nada convencional con la medicina más radical, la cirugía , aquel profesor, me enseñó una gran lección al darme la oportunidad de aplicar mis conocimientos en homeopatía en un hospital. A partir de aquel día, ya no volví a mirar a aquel gruñón profesor con los mismos ojos, al terminar la cesárea me apretó el hombro, esa era su manera de reconocerme y entendí que, de aquella forma me estaba dando las gracias. Él también me había adoptado.