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Amanecía en la Habana, el gallo del vecino me decía que ya era hora, mis tripas rugían por comer cualquier cosa. Me dirijo a la ducha, mi cuerpo agradece la ducha templada, tengo que comer ya, el pan tipo hamburguesa del día anterior huele a fermentado porque no lo dejan mucho tiempo en el horno, hay que ahorrar para poder vender luego el gas que sobra. Tengo la suerte de tener siempre huevos, hago una tortilla francesa, le añado al pan un poco de guayaba Conchita y tomo un jugo de naranja con un café. Ya vestido, saco mi bicicleta del garaje, salgo al porche y saludo a mi vecino de enfrente, un viejo amigo fiel al régimen de Fidel. El empieza temprano, como yo, ya el sol es cruel a esa hora y sin apenas montar en la bicicleta ya estoy sudando. Al enfilar la derruida calle, me llega el olor a basura putrefacta y un perro lleno de sarna me persigue cada día como preámbulo de lo que me espera. Al salir del barrio, tengo que coger una vía por donde transitan muchos coches y camiones, Rancho Boyeros, en la que nos jugamos la vida todos los ciclistas, aquí impera la ley del más grande, si hace sol bien, te ven, pero cuando llueve nadie mira por nadie. Es en días de lluvia cuando peor lo paso, me mojo por la lluvia y también por los vehículos que al pasar por los baches gigantes me empapan, un día me contó un viejo amigo, que no los arreglaban para, si atacaban los americanos, tener preparadas las trincheras.

Al llegar al hospital, siempre estaba empapado, o bien de sudor o de agua y sudor. Las bicicletas se dejaban en el parqueo, un aparcamiento para bicis y motos, donde te daban una chapa para recogerla al final del día.

La sala era como un panteón romano con sus columnas alrededor que recorría un pasillo, la llamaban la Covadonga, porque era en el pasado, un centro hospitalario construido por Asturianos. El estado de las habitaciones no desentonaba con el conjunto, estaban de pena, hasta el punto de que algunos pacientes, traían sus propias sábanas y hasta el colchón. Los medios médicos, iban a la par del resto. Mi sala era de la especialidad de medicina interna, pues era en la rotación que empecé. El equipo estaba compuesto por dos especialistas, dos residentes y unos diez internos que éramos como en todas partes, los que hacíamos el trabajo más ingrato.

Cierto día, me tocó un paciente negro muy mayor, al que me presenté como su médico. Había ingresado por graves problemas de orina que voy a eludir por no entrar en términos médicos. En la exploración, tenía que hacerle un tacto rectal, lo que le comuniqué y expliqué con detalle, el hombre parecía abducido por mi acento, como su familia que me miraban anonadados. A continuación procedí a indicarle que se pusiera en la posición más adecuada para el tacto rectal, me puse los guantes y un poco de vaselina, ya no había nada que decir, cuando le introduzco el dedo en el recto para localizar la próstata, empieza el señor a gritar, yo que ya estaba en faena, intentaba calmarlo pero no daba marcha atrás, pues ya que estoy. Estaba yo con la exploración y comienza el señor a decirme, “Gallego comemierda, saca el dedo, maricón, quien me lo iba a decir a mí, que mi abuelo luchó contra los españoles y que venga ahora un singao a meterme un dedo en el culo”. La familia no daba crédito al espectáculo, se retorcían de risa mientras el viejo seguía, “Que soy nieto de un Mambí”. Qué decir ante el número cómico, no me quedó otra que reír con la familia, si bien, no pude volver a entrar en la habitación del Mambí. La próstata parecía una piedra, el cáncer era la causa.

Cada día, al pasar por delante de la habitación, el viejo me miraba con auténtico temor a la par que odio, yo también lo buscaba y cuando me iba a poner guantes, procuraba ponerme al alcance de su vista, lo que producía tremendas carcajadas en su esposa. Sin duda alguna era un auténtico Mambí.

(Mambí, persona que luchó en la guerra de independencia de Cuba contra los españoles en el siglo XIX.)