Seleccionar página

Cada sueño tiene su color, el mío era, en mi cabeza, rojo sangre, rojo amor. Cuando uno crea un sueño, normalmente no está solo, suele enriquecer la visión con la presencia de otras personas, el mío, sin amor, no hubiera sido posible. Cuando partí hacia el Caribe, no me llevé la imagen de las increíbles playas, ni el aroma a tabaco y ron, me acompañaba el amargo sabor a despedida, de mi hijo y de mi amor, sin su confianza en mí, no me habría sido posible, ella, mi mujer, había depositado en mí, su fé y los ahorros de toda nuestra vida juntos. Al estar tan lejos, en una época en que las comunicaciones eran pésimas, no iba a ser fácil la comunicación, una llamada a la Cuba de los años 90’, era toda una odisea. Yo, desalmado por el panorama que me había encontrado, esperaba cada llamada y cada carta, como maná llovido del cielo. Pagamos muy cara la poca experiencia en estar separados, literalmente, pues al primer recibo de teléfono, tuvimos que ajustarnos al poco presupuesto que nos quedaba, las llamadas a Cuba, entonces, eran las más caras del mundo.

De vuelta al hospital, el primer día, me presenté ante mi tutor al que llamaré Jefe y a mi otro jefe al que llamaré Profe, me asignaron dos internos como yo, que harían de Cicerones en mi inicio, eran una parejita de novios muy linda, Aya y Ago, ellos se convertirían en mis guías y mis mejores amigos. Entre una cosa y otra llegó la hora de comer, las 12:00 , y me llevaron al comedor del hospital, allí se reunían todos los internos, estudiantes de medicina y enfermería, además de los médicos residentes y especialistas, aquello era un barullo Increíble. Cada persona cogía una bandeja de aluminio en la que estaban grabados lo largos años de resistencia de aquel pueblo, cada uno llevaba su propia cuchara para comer, yo, como buen novato, carecía de esta, la cuchara no fue un problema, pues mis nuevos amigos me la ofrecieron sin dudar. El menú consistía en arroz, por ponerle nombre y un potaje de chícharos, el conjunto me sonaba porque la familia de mi mujer es cubana, pero mi estómago no le apetecía aquel combinado, además de por la hora, por la apariencia del conjunto hospital, comedor, bandeja. Lo que no sabía era que aquella comida iba a ser exactamente la misma, durante todo el tiempo que pasé en tierras cubanas, no en vano, fui en pleno Período Especial, apelativo con el que el gobierno llamaba a la época de bloqueo por parte de EEUU.

No todos los días fueron de chícharos, hubo días en que mis amigos me descubrieron el mercado negro de la gastronomía, en que un ciudadano, tenía la posibilidad de hacerse con la materia prima para hacer pizzas, previo robo del material al mismo gobierno, y fabricaba las mismas y vendía al público en su propia casa. Así fui descubriendo los manjares de las cafeterías clandestinas y las paladares.

El transporte era y es uno de los problemas principales de Cuba, en mi época, el principal medio de transporte era la bicicleta, yo me pude hacer con una gracias a mis padres adoptivos cubanos, los tíos de mi esposa, que me adoptaron como un hijo más y a los que adoro. Mi bici era diferente de las demás, era una bicicleta que habían dejado unos turistas holandeses, por tanto, más ligera que las bicicletas chinas de mis compañeros.

Vivía a unos 45 minutos en bicicleta del hospital, pero yo me levantaba a las cinco de la mañana para llegar antes de que empezara el pase de visita y poder estudiar los casos nuevos que habían ingresado la noche anterior, pues no estaba acostumbrado al interrogatorio al que nos sometían cada día, diagnósticos diferenciales, etc. , la hora de comenzar el trabajo era las 7:00  a.m., yo procuraba llegar una hora antes, a las seis de la mañana, el sol ya ajusticiaba y en bicicleta más.

Mi ruta transcurría durante un trecho por un barrio bastante malo, un barrio negro, no es que sea racista, pero en Cuba sí que existe el racismo, mi bicicleta no tenía luz, por lo que yo llevaba una linterna tipo bolígrafo, en la boca, circular en la Habana, no es nada fácil, más cuando vas en bicicleta, como ya conté, los baches eran tan grandes como para caer dentro con bicicleta y todo, más cuando ha llovido como llueve en el Caribe, un compañero que me vio un día, me advirtió, cuando vayas por el barrio ese, apaga la linterna, porque te ven venir de lejos y se preparan para darte un palo o un machetazo, recuerda que todos los negros no son ladrones, pero todos los ladrones, sí son negros, me lo decía un compañero de mi sala, negro como el carbón. (continuará)