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Anoche me desvelé, no sé bien por qué, pero ahora, desde mi cama se oye el mar, eso y una ya larga experiencia de noches en vela, me sumió en un estado de ensoñación que, lejos de desesperarme, me llena. Desde mi reciente mudanza, cerca del mar, mi sueño se ha vuelto más placentero, es normal, dormir escuchando las olas es un placer inmenso, hay días que me llega incluso su olor.

En mi estado de ensoñación, me dio por pensar en qué haría ahora mismo si me dejara Maryela. Lo primero que haría, sería bajar a la playa, nadaría sin parar hasta que ya no pudiera más, luego reposaría flotando por mucho tiempo, hasta perder la noción de este, aún recuerdo esa sensación de ingravidez, sintiendo que formo parte de todo, que nada me separa del mar, que mi piel se disuelve y siento como el agua pasa a mis órganos internos, que baña mi cerebro diluyendo cada preocupación, cada miedo, por pequeño que sea y paso a ser parte del mismo mar, fundiéndome con él y llegando a todas partes.

A menudo, me pregunto si esta práctica que tantas satisfacciones me regala, no será un autoengaño, una escapatoria a esta prisión corpórea, aunque me acuerde de la frase de Hawkins, “Si tu cuerpo te limita, que tu mente no lo haga”, sinceramente hay días en que, por fuerte que mi mente esté, no puedes controlar a los demás, y la vida, no es fácil para todos, aunque yo vea que tu problema no te tiene por qué volver loco, si tú no lo ves, no puedo ayudarte.

Maryela, me ha regalado la capacidad de trascender muchas veces los problemas mundanos, cada día, mientras empeora mi físico, siento que me alejo cada vez más del melodrama vital, gano perspectivas respecto al mundanal ruido de fondo que la vida va orquestando , puedo rápidamente colocarme en primera, segunda , tercera persona y hasta en metaposición, esto es, cómo vería una situación desde el punto de vista de alguien que estuviera lejos del mundo, con benevolencia y amor incondicional, es decir, la posición de Dios, si existe.

Este ejercicio de colocarse en posiciones, favorece la comprensión del otro, así como enriquece el valor que damos, no sólo a la vida de los demás, también a la nuestra. He de reconocer que no es nada fácil, cuesta mucho, máxime cuando estás al margen, ocupado en no caer en las ciénagas del dolor y la desesperación que tan afines son a la ELA, Maryela, pues embarcados en esta travesía, las noticias que recibes de parte de quien también tuvo la funesta suerte de conocer a tan cruel dama, siempre y digo siempre, con profundo dolor y rabia, son noticias de esquelas en un triste periódico u homenaje póstumo de quien tuvo la suerte de conocerlo radiante de vida, que cuando me llegue la hora del postrero viaje me coja con prisa, sin oír lágrimas y en la boca un gran Gracias y por mueca mi última sonrisa.