Seleccionar página

Ayer, mi hijo que suele hablar en la radio, me lanzaba una interesante pregunta, ¿A quién quieres demostrar cuanto estás haciendo con Maryela, a ti o al mundo? Yo, que trato de vivir conscientemente cada instante, capté la andanada de este avispado terapeuta y me planteé la misma cuestión, ¿Qué objeto tiene mi proceso desde mi enfoque?, no puedo decir que aquella ingeniosa pregunta cayera en terreno baldío, pues en este momento vital, ya sé que todo tiene un por qué, nada es casual sino causal y llega en el instante apropiado, ni antes ni después, todo obedece a un plan mayor que pocas veces sabemos reconocer, pero que echando la vista atrás en nuestra línea del tiempo podemos encontrar la causa del por qué nos sucedió aquello que no entraba en nuestros planes.

Si tuviéramos la osadía de vivir con la confianza absoluta de que el universo está de nuestra parte, cuán diferente sería nuestra vida, cuántos momentos grises o negros nos ahorraríamos. Mira que es increíble la vida, cómo nos pone a prueba una y otra vez, cuántos exámenes nos hace pasar para llegar hasta la serena felicidad.

Ayer aprendí una lección inestimable, vino de parte de mi hijo que como yo, se llama Gustavo León y como si fuera un designio del universo, también se dedica a ayudar a los demás, por su camino y con su propio estilo, haciendo honor al dicho de “Pobre de aquel que no aventaje a su maestro”, se va abriendo un espacio por su buen hacer.

Mi aprendizaje es a la vez sencillo y de gran impacto en mi sentir, pues me cuestiono cada día el seguir viviendo como yo lo hago, para qué, o como me planteó ayer mi hijo, para quién. Mi reflexión acerca de esta cuestión se debate entre la esperanza y la razón, unidas ambas por el amor, a los míos y a la vida, bañado este sentimiento de una curiosidad incansable por saber qué más hay detrás del proceso que experimento y cuál es la solución.

Mi planteamiento base es, si continúo trabajando mi mente y mi “alma”, llegará el momento en que mis células sigan a mi pensamiento y no sólo se pare el proceso degenerativo sino que además se regeneren del todo, alcanzando con esta regeneración la mejor versión de mí mismo que pueda imaginar. Por otro lado si esto no me llevara hasta ese nivel, cosa a la que no doy ni un segundo para habitar en mi cabeza no pierdo nada, es más, gano todo pues desde que mi bergantín zarpara para cruzar los profundos océanos de la mente, cada ola me empuja más y más hacia mares repletos de recursos, de alegrías y experiencias hasta ahora nunca navegadas, porque puestos a bogar, es la singladura la que me colma, que de puertos está la mar llena y que en atracando, ya sólo pienso en partir hacia nuevos faros, que no vine al mundo para estar varado, que soy  hombre de mar y para surcar las aguas más hondas es para lo que nací.