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Esta vez la banda sonora es de @Macaco. MeOlvideDeVivir

Viajar es una de las experiencias más satisfactorias de la vida, conocer diferentes formas de interpretar el arte de vivir es un placer, además de ser la mejor forma de aprender. Vivir como viven en otras latitudes nos enriquece, nos aporta una visión más amplia del mundo, a la vez que nos vuelve más tolerantes con las diferentes maneras de pensar.

Yo he tenido la fortuna de viajar por muchos países, desde joven quise ser viajero, ciudadano del mundo, y gracias a viajar y vivir fuera de mi tierra he hecho grandes amistades por la Tierra.

Cada viaje tiene sus historias, que quedan grabadas para siempre, pasando a formar parte de nuestra personalidad, cada lugar nos aporta un plus de sabiduría. Tengo en la maleta de la memoria tantos lugares, personas y olores… A tierra mojada, a mares, porque cada mar tiene su olor, los olores, cada lugar tiene su propio e irrepetible aroma, puedo recordar desde el olor de las cataratas del Niágara, pasando por el olor de Nueva York, la reserva natural del Yunque en Puerto Rico, el Caribe, la Habana, los Fiordos, etc., etc.. Pero si he de elegir un olor, el que llevo grabado en la pituitaria, ese es sin lugar a dudas, el olor de África, no he estado en otro lugar como África, es mi viaje más auténtico, el más inmersivo, oloroso e impactante, cada imagen lleva implícita un aroma y un sentir.

Corrían principios de los años 90, cuando se me presentó la oportunidad de hacer un viaje a Burkina Faso, no Sabía nada del país, ni siquiera lo había oído, la oportunidad surgió porque un avión iba a recoger en Ouagadougou, capital del estado, un grupo que había venido a Canarias a la Feria Internacional de turismo. El viaje fue muy imprevisto y decidimos ir, una mochila y unos amigos eran más que suficiente para acometer la odisea, desde el principio fue todo muy especial, el avión nos dejó y se fue. El aeropuerto era una pista y una sala donde nos esperaba unos guardias con una vieja mesa, un sello y la almohadilla de tinta, no acostumbrados a recibir visitas, todo fue caótico, rellenamos un papel, nos sellaron el pasaporte y fuera, literalmente, pues tras salir cerraron la lúgubre sala con una cadena y un candado.

En el aeropuerto, se me acercó un chico joven, negro, por supuesto. Hablaba español perfectamente con un acento familiar para mí, se acercó al grupo ofreciendo ayuda, que fueron rechazando, al llegar a mí le pregunté por qué hablaba tan bien nuestra lengua, me respondió que había estudiado en Cuba y que al ver un avión había venido por si alguien necesitaba un guía, mi respuesta fue inmediata, estrechamos nuestras manos y nos llevó a un “hotel” en la ciudad. El “hotel” era una suerte de edificio, mal pintado y sin cristales en las ventanas, al entrar nos encontramos a un grupo de personas durmiendo en la misma entrada, en el suelo, bajo un ruidoso ventilador, en la oscuridad de la noche, apenas se distinguían aquellos negritos. Con más miedo que cansancio, nos dieron las llaves de dos habitaciones, allí había dos camas desvencijadas cuyos colchones estaban además de raídos, con tanta mugre que no se podía distinguir qué color tenían en un principio. Las paredes hacían juego con los colchones y el baño era un submundo dentro de aquella cochambrosa estancia.

Nos acomodamos como pudimos y los cinco nos repartimos en dos “chambrés”, con la ayuda del ron Arehucas que llevamos, pudimos dormir algo. Congo, como se llamaba el guía que contratamos por causalidad, acordó volver al día siguiente.

La aventura de África nos esperaba al otro día. (Continuará)