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Todos y todas, en mayor o menor medida hemos tenido una pérdida de alguien a quien amábamos, el dolor es inevitable, a pesar de que nos digan que ha pasado a mejor vida, a pesar incluso de que estuviera aquí sufriendo, el apego nos vuelve vulnerables y su recuerdo nos pone tristes, aunque la persona fallecida hubiera sido feliz y siempre estuviera riendo, el dolor nos envuelve como una niebla espesa que en ocasiones nos hace derramar lágrimas de profunda congoja.

El viernes fue el cumpleaños de un hermano ya fallecido, y digo hermano porque en realidad lo era o mejor dicho, lo es.  Mi casa, siempre ha estado llena de gente, amigos, tíos, primos, etc..,  desde pequeños hemos vivido con muchas personas en convivencia, en mi niñez, eran familiares del pueblo que buscaban en nuestra casa, refugio en la ciudad. Recuerdo perfectamente la casa en el noble barrio de Vegueta, allá iban a parar tanta gente que la recuerdo llena de camas, como si de un albergue se tratara. Así crecimos, con la vivencia de ser nuestra casa, la de todos, eso nos inculcaron nuestros padres, con eso crecimos y con el paso de los años, se convirtió en una tónica habitual, a nuestros tíos y amigos de nuestros padres, les  siguieron  primos que venían a la ciudad a estudiar y años más tarde, repetimos  nosotros mismos la enseñanza, trayendo amigos y  tanto venían que se convertían en uno más de la familia, otorgándoles el rango de hermanos adoptivos. En casa, siempre hay comida para uno más, o dos, que tiempo para echar un vaso de agua al potaje siempre hay, igual que siempre hay un colchón de más, un hombro sobre el que llorar o un pizco para celebrar.

Si me pusiera a nombrar, creo que prácticamente todos nuestros amigos han dormido en casa alguna vez, otros tantas noches que pareciera que se mudaron allí, así cuento entre muchos más los que han pasado más tiempo y por motes, Caslitro, Er Washf, el Compadre, Yolin, Rufino, Parri, Celeste y cómo no Truji, estos dos últimos tristemente desaparecidos, pero siempre presentes en nuestras mentes y nuestros corazones. El permanente recuerdo que nos dejaron, es sin lugar a dudas el legado que nos dejaron, el regalo más grande que nos hicieron y rememorar sus ocurrencias y actos, el más sentido homenaje que les podemos hacer. El Truji, no se andaba con chiquitas, tuvimos la inmensa suerte de poder disfrutarlo como amigo, hermano, siempre enamorado de su hermana, que es la nuestra y no es incesto. Compartir con él una de sus paellas, eran risas aseguradas y con un gesto o una mirada, te decía todo, quizás este post no les llegue, pero para mí es de obligado cumplimiento y no porque me sienta obligado, sino porque me sale del corazón, pues cuando un amigo se va, un espacio queda vacío….

En memoria de José Trujillo.