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Ayer, hablaba con un gran amigo que ahora está pasándolo mal, le tocó lidiar con un compañero de viaje, que como a mí, le está enseñando por el camino del miedo y el dolor, es cáncer. Me decía que ojalá tuviera mi ánimo y humor, si pudiera, si tuviera la fórmula mágica para poder contagiar el sentir que ahora tengo, no dudaría en regalarlo a todo aquel que lo necesite, si bien el secreto es muy sencillo, consiste en disfrutar cada instante como lo que es, un regalo irrepetible, acostumbrar al cerebro a responder en positivo y no descuidarse en mantener los pensamientos negativos alejados de la mente.

Esto es, empezar disfrutando con lo que sabemos que nos sitúa en un estado elevado, lo que yo llamo el estado de , cuando afirmamos algo, el cerebro se prepara para recibir algo positivo segregando endorfinas y neurotransmisores que son beneficiosos para todo el organismo, la visualización es una herramienta muy útil siempre y cuando se acompañe de la emoción que nos produciría tal experiencia si la viviéramos en realidad. Cuanto más potente es la sensación, más efectiva es la práctica, así podemos elegir cualquier tipo de visualización y colmarla de una emoción, cuanto más elevada, mejor.

Yo, suelo recurrir al amor pues no conozco nada más sublime, así recreo un abrazo sentido, un beso de esos que no se olvidan, una mirada que te penetre y desnude el alma, haciéndote sentir infinito y a la vez diminuto, que te recuerde que formas parte del todo y de todos. Con cada inspiración siento más y más gozo, el aire me traspasa y siento la nada como un todo,  en silencio me elevo ligero, etéreo y nada me asusta porque soy nada, puedo estar donde quiera, pues nada hay que me limite, y desde allá, si bien estoy lejos, me siento más cerca que nunca, ya no siento a Maryela como un mal porque me salvó de mí mismo y de todo, sólo puedo sentir gratitud, lloro y las lágrimas me escuecen, es la realidad que me recuerda que aún no es el momento, comienzo a notar mi entrecortada respiración y el peso de la jodida Maryela, doy la orden a mi cuerpo de incorporarse y me esfuerzo con pura rabia pero es inútil, no me puedo levantar.

Mi mente vuelve a quererse hundir gritándome que nada puedo hacer, que cualquier esfuerzo es inútil, me empuja con una fuerza que yo no tengo a lamentarme, a llorar de impotencia y quiere que me revuelque en la mierda una vez más, pero no, ya no, ahora el capitán de mi barco soy yo, sé que si mantengo el pensamiento de miedo y dolor más de 17 segundos, el bucle negativo se incrementa de forma exponencial y que mi cerebro sigue al pensamiento, produciendo una cascada de neurotransmisores del miedo y entonces cederé el timón, poniendo proa al dolor, por mares de desolación. Ahora soy yo el patrón, fijo un nuevo rumbo, a pesar de las olas y la corriente, un rumbo que desconozco, pero ya soy marino viejo y tengo una poderosa intuición, forjada en mil tormentas, rumbo a ninguna parte, que el viaje es lo importante y la evidencia de haberlo hecho bien ya se verá o no. Fijo rumbo al amor por la vida, aunque no sea como lo soñé, me aferro con fuerza al timón y respiro hondo, ya pasa la tormenta, ya llega la calma, vuelve a despuntar el sol.