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Desde que comencé mi blog plasmando episodios de mi vida, con estos relatos, me he revolcado en mi mierda interior, he desahogado parte del dolor que me ha acompañado en este proceso con Maryela, relatando parte de mis vivencias he ido desgranando una compleja piña de sentimientos y emociones en un ejercicio de sinceridad tal, que en todas las ocasiones en que me disponía a escribir ha supuesto para mí una catarsis, moviéndome entre un fango de rabia, pena y dolor que siempre desembocaban en llanto. Esto ha supuesto para mí una terapia en la cual me he ido dejando trocitos de piel, metafóricamente se entiende, pues desde mi posición, sin duda privilegiada de médico del alma, como llamaban a los homeópatas siglos atrás, en este proceso sanador he pasado por estados contrapuestos de euforia, propiciados por la retroalimentación que los lectores del blog me han reportado, y de tremendo cansancio, debido al alto nivel de exigencia y energía que conlleva el vomitar todo un mundo de experiencias íntimas sin que ello suponga un peligroso juego para mí y los que comparten este viaje conmigo.

He tratado de reflejar con absoluta fidelidad mi sentir sin pecar de víctima, cuidando no convertirme en expositor cansino y ñoño de mi propia historia penando por un poco de compasión, sino en apoyo vital para que, quien se digne a leerme se convierta en un compañero de aventura, esa que Jesús Calleja no ha llegado a cumplir quizá por desconocimiento, que todo aquel que por cualquier motivo llegue a leerme, tenga la oportunidad de embarcarse en un viaje que nunca acaba en vacío, que sume a su vida todo un abanico de oportunidades que le permitan plantearse mil y más preguntas sobre el sentido de su existencia.

Desde que comencé mi labor como médico del alma, he tenido la inmensa suerte de contar con maestros increíbles, como mi tío el Dr.  Octavio León, que ha sabido inculcarme un incorformismo permanente en cuanto al saber se refiere, gracias a este defecto, he tenido como compañera de viaje a una curiosidad ilimitada, que es uno de mis motores inagotables. Gracias también a este constante afán por saber, he tenido el privilegio de ver continuada mi labor en la figura de mi hijo, Gustavo León, que me llena de orgullo y agradecimiento a la vida, pues hace mérito a mis expectativas.

En este mundo tan descafeinado, he encontrado pleno sentido al vivir gracias a unos increíbles compañeros de ruta, mis amigos, sin ellos todo habría sido más gris, menos emocionante y carente de los millones de risas que disfruto aún. La sola idea de verlos, me sigue haciendo reír, pues conformamos un club de la risa, como dice Rafa, unos conversos a la aceptación, que diría Alex o me es inverosímil, que sentenciaría Juan, poniendo el toque de humor fino y sutil, mientras, Carlitos reiría sin poder ni hablar.

Me he reconciliado, a través de este trabajo, con mi niño interior, enseñándole que todo es posible si lo crees de verdad, que el miedo es tan grande como tú lo quieras ver, que sólo uno es el responsable de la realidad que vive y que, como reza el Budismo, el dolor es inevitable, pero que el sufrimiento es tan fuerte y duradero como tú lo quieras hacer.