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Con suma pena he asistido al mensaje de un padre, Juan Carlos Quer, destrozado por la trágica muerte de su hija en manos de un desalmado, este mensaje fue emitido hace un tiempo ya, pero ahora me viene a la mente por circunstancias personales. En este mensaje, el derruido padre de Diana, daba una lección de entereza y compasión dignas de un Señor, sí, en mayúsculas, pues no encuentro palabras con las que describir tremendo talante.

En mi experiencia como médico, he tenido contacto con muchas personas que habían perdido a un familiar, ya sea por muerte natural como en trágicas circunstancias. La capacidad para superar el dolor del ser humano es tremenda, porque la pérdida de un ser querido es terrible, máxime cuando esta se produce en circunstancias muy dolorosas para la persona fallecida y a una edad que no le corresponde. He vivido el dolor de unos padres por la pérdida de hijos, de seres que perdieron un hermano, la pérdida de la pareja, etc., en todos ellos la empatía me hacía sentir ese dolor, sin embargo, no era mío sino ajeno y me permitía continuar con mi labor y mi vida sin perder el sueño.

La vivencia de una partida a edad temprana y circunstancias trágicas del hijo de un ser muy querido, mi primo, me hizo sentir esa pena de manera muy profunda, pese a no haber tenido relación con el niño, pero sí con el padre con quien compartí muchas aventuras siendo niños. Pensar en su sufrimiento, se unía al que yo cargaba, pues ya estaba con el diagnóstico confirmado de que Maryela me acompañaba, pero aunque mi sufrir era el mío y el suyo no, me sentí un egoísta al comparar congojas. Imaginar que no iba a ver, como hice al principio de Maryela, a alguno de mis hijos, me parecía infinitamente más doloroso que tener a Maryela conmigo, no escuchar su voz, no sentir la presencia de ellos me daba la impresión de que no podría vivir con tal dolor.

Las personas que me leen y escriben, suelen darme ánimo y decirme cosas como eres un valiente, un guerrero valeroso o que soy un crack, etc., estas y muchas otras cosas, todas preciosas y cargadas de buenas vibraciones que me dan un plus de optimismo y vitalidad, pero realmente me siento avergonzado por recibir tantos regalos, pues al pensar en esas personas que han perdido a un ser querido pienso que lo mío no es nada, eso sí que debe ser dolor. Al ver que me entregan tanto a mí, por nada, lo agradezco profundamente, haciendo cada vez que me dan uno de esos maravillosos presentes, un ejercicio de reconocimiento sincero, visualizando y abrazando a cada uno con sincera gratitud. Esta práctica, me sirve para devolver algo que no siento como mío, sino como un patrimonio intangible del universo.

Durante el desarrollo de Maryela, he tratado de sacar el máximo partido a mi estado, desechando huir del dolor, reconociendo mis zonas erróneas, mis defectos y virtudes sin falsa modestia, sin autocompadecerme ni hacerme falsas esperanzas, esperando siempre lo mejor y preparado para lo peor. Con la conciencia tranquila y la extraña y dulce sensación de no haber desperdiciado el maravilloso bien que se me encomendó, mi propia vida.