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Mi abuela Carmita, la de Navarro era una mujer singular, mis recuerdos se enriquecen ahora que paso en la Aldea más tiempo, eso me ha permitido recabar, sin pedir, los testimonios de tantos vecinos que tuvieron la suerte de compartir con ella, y digo compartir en el más estricto sentido de la palabra. Tu abuela era una santa, mi niño, me suelen decir, pues cuentan que a muchos, mató el hambre, vistió o ayudó en momentos difíciles. Todo esto viene a colación del hecho de que mi madre se pusiera a repartir los higos que la higuera de mi abuela nos diera este año.

Yo, guardo un recuerdo imborrable de ella, cada verano al terminar el curso, nos traían a pasar las vacaciones con ella, que nunca decía que no, aquí nos juntábamos todos los nietos. Mis recuerdos en la Aldea huelen, hay también imágenes, pero el olor es el que se impone a todas las percepciones. Mi infancia huele a mar, a estiércol, a velas y a jabón Lagarto, a potaje con gofio y queso de cabra, a infusión de hierba luisa con sopas de duro pan bizcochado de millo. La infancia en el campo es de una riqueza de sensaciones que se impregnan en la pituitaria de forma perenne.

Mi abuela era una persona muy activa y estimulante, nos alentaba constantemente a hacer cosas, eso unido a mi inventiva ilimitada era una combinación perfecta para una jartá de nietos incansables. Yo era el mayor de todos, mi abuela solía levantarme muy temprano los días que pasaba el agua para regar la finca y con las botas de agua, iba por las tajeas (acequias) anegando los surcos plantados, cómo me gustaba el olor a agua, a tierra y verduras, recuerdo en especial el olor a hinojos y acelgas, el croar de las ranas y el sonido del  agua, que acompañada del canto del gallo nos amenizaba el trabajo era sin duda la mejor melodía para comenzar la jornada.

Al este de mi casa se levanta majestuosa la montaña de la Inagua, en su frente orientada a poniente luce una gran cueva, llamada la Cueva del Mediodía, pues los aparceros se guiaban por la incidencia del sol en su sombra para saber la hora de comer. La montaña me fascinaba, pensaba en subirla y ver el pueblo desde allá arriba. Junto a mis hermanos y primos la veíamos ahí coronada por un bosque de pinos y soñábamos con escalarla.

Tanto dimos con aquella idea que un día, mi abuela, Tata, como la llamábamos los nietos, nos alentó a subir, mañana será el día. Así que nos preparamos con nuestra mochila y cantimploras, además Tata nos dio una sábana blanca para que la extendiéramos al llegar y  vernos. Nos levantamos bien temprano, desayunamos bien fuerte y salimos rumbo a nuestro objetivo, el sol nos saludaba, prometiéndonos un calor de verano, nosotros, pertrechados con las mochilas, cantimploras y una caña a modo de bastón, íbamos felices caminando hacia la montaña, planeando cómo encarar aquella odisea, nos llevó unas horas llegar a su falda, la montaña se erguía imponente sobre nosotros.

Al subir, pasamos por zonas muy peligrosas, al menos para unos críos de seis a once años, recuerdo haber pasado miedo por los más pequeños. Coronamos horas después de un gran esfuerzo, abrimos la vieja sabana y gritamos henchidos de orgullo y cansancio por la gesta cumplida, la bajada no fue más sencilla, sorteando zonas que se desprendían al pisar.

Al mirar la montaña hoy en día, no me explico cómo diantres, mi abuela nos dejó subir, en su sabiduría de mujer forjada en el campo, recia y fuerte, nos contaba cómo subía a los bosques de la Inagua o Tamadaba en busca de leña para cocinar, caminando y acarriando sobre su espalda el pesado fardo. Confió en nosotros más que nosotros mismos, dándonos una magnífica lección y una aventura digna de ser recordada.

La vida nos ha presentado muchas más montañas a lo largo de nuestras existencias, unas más difíciles que otras, pero como dice una canción,  “No importa cuán lejos esté la cima, ni lo que encuentres al otro lado, no importa quién te acompañe ni lo que divises desde la cumbre….. Lo importante es la escalada.

 

FOTO:Julio León