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Morir de Africa II.

Ya de vuelta en la capital, Uagadugú, nos alojamos en un hotel un poco mejor, no a la altura de uno español, pero por lo menos aparentaba limpio. Salimos una vez alojados a dar una vuelta por la ciudad, esta era caótica, los coches, la gente caminando por donde quiera, nos llegamos hasta el mercado, aquello sí que era un caos, las personas, todas negras nos miraban con asombro. El trajín del mercado me parecía una película y nosotros jugábamos un papel importante en ella, los comerciantes nos invitaban a comprar su género y los aromas a especias y a cuero inundaban nuestros olfatos, poniendo el toque aromático al revuelo de gritos y al colorido arcoíris de ropas y condimentos alimentarios. Un comerciante llamó mi atención proponiéndome un trueque por mi cámara fotográfica, me pareció interesante, pues ya daba por terminada mi aventura africana al día siguiente, entonces me senté a negociar con un buen té con hierbabuena y tan dulce como ellos acostumbran, debo reconocer que a los africanos no les gana nadie en una negociación, tomamos el reconfortante té sin dejar de negociar en francés, que astutamente combinaba con Moré(lengua mayoritaria en Burkina) , para tratar de sacarme el máximo posible, el interés era mutuo, pues me propuso a cambio de la cámara, un ajedrez en bronce muy elaborado con el tablero en cuero, aún lo conservo. Así, entre negociaciones y gritos se nos fue la mañana, a la vuelta al hotel para comer algo, nos fuimos percatando que nuestra presencia era noticia en la ciudad, se había corrido la voz y éramos la noticia principal en la ciudad, tanta difusión y curiosidad levantó nuestra presencia que tuvimos que refugiarnos en el hotel, literalmente. Llegada la noche salimos a buscar donde cenar, tan poco común éramos en la ciudad que bastaba salir y preguntar dónde estaban los blancos para encontrarnos. Amaneció y llegó la hora de partir, Congo se había presentado desde muy temprano para preparar nuestro viaje de regreso, nos reunimos para saldar nuestro compromiso con él, le pagamos sobradamente lo acordado, pues el dinero que nos quedaba superaba más del doble que nos pidió, además le dejamos todo lo que llevábamos en la mochila, linternas, ropas, etcétera, la despedida en el aeropuerto fue muy emotiva, Congo ya estaba en nuestros corazones. Al llegar a nuestras casas, los recuerdos vividos eran como un sueño, fue un viaje tan fuera de lo común que pasaría para todos, como el gran viaje. Días más tarde, comencé a sentirme mal, muy mal, comencé con fiebre alta y dolor en las meninges, además a eso le siguieron diarreas, en principio pensé que era un virus, pero cuando empecé a llamar a los compañeros de viaje, me fueron corroborando el mismo cuadro clínico. En un primer momento, me dirigí al hospital donde no le dieron importancia, a pesar de ser un grupo llegado de África, Rita, una de las compañeras de viaje, vivía por entonces en Barcelona y al dirigirse a urgencias, la ingresaron y aislaron, cosa que nos alarmó, pues la pusieron en manos de los mejores especialistas en medicina tropical en España por entonces, los dres. Gascón y Corrachán. Inmediatamente me puse en contacto con sanidad exterior, donde volvieron a remitirnos a urgencias del hospital, esta vez fuimos en grupo, pero ni así, nos sentíamos abandonados. Como en tantas ocasiones en la vida, tuvimos que recurrir a la dirección de sanidad y amenazar con ir a la prensa dado el nulo interés por nuestro caso, yo me sentía horriblemente mal, la fiebre era constante, con una cefalea occipital que me hacía pensar en una meningitis, tenía diarreas con sangre y dolor abdominal, además de una fotofobia que no me permitía ver la luz, me pasaba las noches delirando y duchándome con agua fría. Al final nos remitieron a infecciosos en el hospital, en esa época estaba el sida acabando con todo, nuestro médico era el que llevaba esos casos y en la sala de espera el panorama era crítico. Acordamos con el especialista que cuando tuviera fiebre me desplazara directamente al laboratorio para recogerme una muestra de sangre y analizarla sobre la marcha, el desplazamiento al hospital se me tornaba cada vez más duro, no podía andar tres pasos sin tener que sentarme, además de ir siempre con fiebre de más de cuarenta grados. Pasó más de una semana hasta que la joven hematóloga descubrió al fin la causa de nuestro mal, yo parecía un heroinómano pues había perdido peso, estaba muy demacrado y los brazos llenos de pinchazos, me miraba en el espejo y me veía tan paupérrimo como los que iban a consulta por el sida, ya no me distinguía del resto, entonces comprendí el miedo que veía en sus rostros. La hematóloga descubrió antes que los especialistas de Barcelona, qué teníamos en el cuerpo que nos estaba matando, al leer junto a ella los lugares de contagio, me vino inmediatamente a la mente el rótulo de DANGER que habíamos visto tras el baño en las cataratas. Nos habíamos contagiado de una esquistosomiasis, más concretamente de una Bilharzia Mansoni, un patógeno que se da en aguas limpias y en movimiento. El tratamiento, tuvieron que pedirlo a Alemania, Praziquantel, una dosis única según el peso bastó para librarnos de aquella agonía. El viaje de nuestra vida casi acaba con nuestra vida, pero a día de hoy, no lo cambiaría por nada, vivimos para contarlo, que casi morimos de África.