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Morir de África.

(Con banda sonora)

 

Como cada año por estas fechas, me voy a mi Aldea del alma para disfrutar de las fiestas. Este año no podía faltar, como cada vez es mayor la infraestructura necesaria para poder desplazarme, esta vez me ofreció una amiga, una grúa para personas que utilizamos para mi movilización, no era exactamente igual que la mía, pero valía, la primera noche que la utilizamos, vimos que era más pequeña, pero la usamos igualmente. Estando ya colgado en ella, se complicó la operación de acostarme, hasta el punto que perdí la conciencia con relajación de esfínteres incluida, vamos que me cagué y meé en la grúa, me disculpo por lo escatológico de la descripción. Una vez acostado y con el respirador puesto, me desperté y al ver las caras sudorosas y los ojos como platos de mis padres y cuidadora, mi reacción no fue otra que reír a carcajadas, con el respectivo desconcierto de mi gente. Si contara las veces que he estado a punto de morir, creo que tengo más vidas que un gato y estas líneas hablan de muerte y de vida, la mía.

Una vez acabada la aventura del lago, partimos hacia Bobó, con la intención de recoger las mochilas y partir rumbo a Bánfora. Dado que teníamos tiempo, nos desviamos del camino para visitar un bosque de mangos y el río cercano, una vez en el bosque, nos encontramos con un personaje digno de cuento, era un cazador, vestía pieles y portaba una escopeta muy antigua, se negó a ser fotografiado, lo que respetamos, uno del otro grupo que también era de cuento, le obsequió un bolígrafo que el africano miró con asombro y rechazó. Ya de camino al río, nos encontramos con unos pastores procedentes de Etiopía, les invito a mirar en un mapa lo lejano que queda de Burkina, anduvimos un buen trecho hasta unas pequeñas cascadas donde el agua parecía muy limpia y donde nos bañamos un buen rato. Al acabar el baño nos despedimos de los pastores, que eran muy jóvenes y de otra raza muy bella, pues eran chicos muy altos y de unas facciones tan delicadas que parecían mujeres. Al terminar, descubrimos una roca con pintura roja donde ponía DANGER, nos preguntamos por qué un lugar tan apacible sería peligroso.

Una vez terminado el baño, partimos hacia Bobó, donde nos encontramos con la fiesta fundacional de la ciudad, en ella, la familia fundadora tenía por ese día, el “privilegio” de azotar con un látigo a todo aquel que se pusiera en su camino. Iban vestidos con un atuendo de flecos de vivos colores y una máscara que imponía. Nosotros estábamos en el porche de una cafetería tomando unas cervecitas, dado el agobiante calor, en eso que se presentó una avalancha de negritos corriendo, el ambiente reinante era de tensión, festivo pero con un pánico palpable, eran decenas de personas corriendo, tras ellos, el inquietante kuku iba repartiendo latigazos a cuantos alcanzaba. En eso que llegó al bar desde donde contemplábamos el espectáculo, ajenos al miedo colectivo, la masa de negritos huían, sobrepasando nuestra ubicación, entonces, el kuku se dirigió hasta nosotros plantándose ante mí, mi mujer se parapetó detrás de mí. La máscara daba aún más miedo de cerca, se acercó a mi cara tratando de asustarme, yo, pensaba para mis adentros, como levante la mano se come el látigo, fueron momentos de máxima tensión. De pronto, llegó nuestro chófer Adama, el kuku se volvió hacia él, que ajeno a la fiesta venía de telefonear a la familia, pues su hijo estaba gravemente enfermo, el kuku no desaprovechó la ocasión y prefirió ir a por Adama antes que fustigar al intruso blanco, le asestó un latigazo que me dolió hasta a mí.

Tras el kuku, salimos a dar una vuelta por la ciudad, nos encontramos con unos músicos que tocaban bembés(tambores) y un balafón(especie de xilófono de madera), nos invitaron a sentarnos con ellos y tocar, unas cervezas hicieron de traductor instantáneo y al compás de África hicimos amistad.

Ya era tarde cuando nos fuimos de Bobó, el día nos había cundido, lleno de aventuras para contar algún día, pero aún no había terminado el día y en África todo es posible.

El sol iba cayendo, la luz en África tiene unos matices dorados que enamoran a cualquiera, más a unos africanos isleños como nosotros. Ya en el furgón, Congo nos comunicó que el hijo de Adama había fallecido, la noticia nos sumió en un estado de compasión por Adama, la puesta de sol parecía acompañar el dolor que suponíamos debía sentir, todo era calma y silencio, hasta el ruidoso furgón ya no ocupaba nuestro avance. Supusimos que se tendría que ir al entierro del hijo, pues pensábamos desde nuestra vivencia y hábitos, nos olvidamos que aquello era África, la vida allá tenía otro precio…

Nos abrazó la noche, en cuanto el sol se puso todo tornó al negro, en esa maravillosa tierra la noche es tan negra que no puedes ver por donde caminas, las luces del furgón alumbraban tan poco que apenas veíamos la carretera y como nos habíamos desviado para visitar un poblado de casas de adobe pintadas de blanco con unos dibujos geométricos en las paredes, nos perdimos en la sabana. La furgona empezó a pedir fuel, la situación no pintaba nada bien, mientras nos internábamos más, menos veíamos y más sonidos animales oíamos, el humor no desapareció, la contagiosa risa de Rita y la incansable verborrea nerviosa de Jose, junto a algún trago de ron, nos tenía a Lourdes, Alejandro y a mí en un estado que distaba mucho del miedo que se supone que debíamos sentir. Así daba gusto perderse, ´de pronto, el guía local mandó a callar, en el silencio de la noche había escuchado algo, detuvimos la furgoneta, nos aprestamos todos a oír, en vano porque no oímos nada, salvo los ruídos de los animales, el guía salió corriendo y al rato apareció con una algarabía de risas infantiles alrededor, las oíamos pero no veíamos nada, sacamos entonces una linterna, el guía estaba poniendo gasoil al coche mientras un nutrido grupo de chiquillos nos rodeaban, salimos y les dimos caramelos a ciegas pues no veíamos nada, además de la oscuridad, por el color de su piel. Nos orientaron y volvimos a la carretera, una vez en Bánfora y ya alojados en un campamento, salimos a dar una vuelta por la ciudad, la mayoría de las casas eran de adobe o de chapa metálica ondulada, la pobreza se dejaba sentir en los olfatos, a cada paso nos salían chiquillos y sus progenitores, sin duda asombrados por la presencia de cinco blancos en mitad de la oscuridad.

Al llegar al campamento eché un vistazo al latigazo recibido por Adama, me asombró que no se hubiera quejado en todo el viaje, el golpe había hecho una herida de unos 30 cm., el color rosado de la herida abierta contrastaba con el negro de su piel, al tocarlo ni se inmutó, lavé su herida sin que se moviera ni lo más mínimo, le rocié con alcohol para comprobar su aguante y ni se movió, sin duda estaba hecho de ébano, pensé. (continuará)