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Una vez desayunamos y con nuestro propio transporte, surgió una acalorada discusión acerca del rumbo a seguir, nosotros como habíamos contratado al guía, nos mantuvimos al margen a sabiendas de que la decisión era exclusivamente nuestra, más ahora que ya teníamos transporte, he de comentar que el mal humor era acentuado por la toma del preventivo del paludismo que ponía de un mal carácter bárbaro, yo, decidí antes del viaje no tomarlo y lo sustituí por un medicamento homeopático, así que no padecí la mala leche, amén de tener el control de Congo. Partimos pues hacia el destino que elegimos nosotros, nos dirigimos hacia un lago que nos había recomendado el francés, distaba unos cien km. del campamento, había que internarse en la África profunda, por caminos de tierra atravesando la sabana, por lo que tuvimos que contratar otro guía local, el francés se ocupó. El camino era por tierra y bajo un calor imponente, la vieja furgona resistía, nosotros abrimos la puerta corredera y ni así, el calor del sol se agravaba con el motor de la furgona, hasta el punto que a una de nosotros se le derritió las suelas de las deportivas que llevaba, al apoyarlas en un saliente del transporte. Llegamos a un lugar plagado de vegetación y al atravesarla descubrimos una maravilla de paisaje, allá había cientos de pelícanos rosados, la espectacular visión nos sumió en un silencio tal, que parecía que habíamos llegado al mismo cielo, así permanecimos lo que a mí me pareció una eternidad, me sentí infinitamente agradecido y tan minúsculo…Poco después estábamos en medio del lago en unas piraguas que parecía que se fueran a partir o a hundir, pues apenas había unos centímetros entre el borde y la superficie del agua cuyo color me parecía azabache, para rematar la emocionante odisea, había una manada de hipopótamos que nos miraban de forma amenazante, en la piragua no cesaba de entrar agua, que nos afanábamos en achicar con media botella de agua que flotaba en la nave, nosotros estábamos tiesos como estatuas, dada la fragilidad de la embarcación y la cercanía del animal que más hombres mata en África, el hipopótamo, cuando se sumergió el que parecía el macho alfa de la manada, los negritos se pusieron nerviosos y decidimos que ya estaba bien de aventura.En el camino de vuelta pudimos ver elefantes y gacelas, también visitamos un poblado aborigen tan poco acostumbrados a la visita de blancos, que los niños salían corriendo y llorando al creer que éramos unos espíritus sin cuerpo, tras pedir el obligado permiso al jefe de la tribu, nos dejaron interactuar con ellos mostrándonos sus cabañas hechas de adobe y paja, además nos mostraron la base de su dieta, el neré, que extraían de la corteza de los árboles. Nosotros les dejamos caramelos y las botellas de agua vacías, lo que para ellos era un tesoro, porque les permitía llegar más lejos a cazar. Con tantas impresiones en la retina, nos retiramos cuando ya caía el sol, cosa que agradecimos sin saber lo que nos tenía preparado aquel continente indómito. ( Continuará