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Aclaró el día y lo que de noche nos parecía un horror, de día parecía peor, aquella habitación no se había limpiado nunca, o al menos lo parecía, al menos tenía agua en el baño, eso ya nos pareció un lujo, empezábamos el día con muy buen humor, nos reímos del panorama y bromeábamos sobre lo que nos esperaba mientras nos alistábamos para emprender la aventura de África. Al bajar a la recepción del “hotel”, la cosa no mejoraba mucho, allí nos esperaba Congo, el guía había cumplido con su palabra, nos sentamos en la cafetería del hotel mientras planeábamos qué hacer, desayunamos con un pan exquisito y mantequilla, herencia de cuando era una colonia francesa. Acordamos con Congo el salario que nos pidió y le pedimos que nos buscara un transporte para recorrer el país, mientras él se afanaba en busca del transporte, nosotros salimos a dar una vuelta por la ciudad. Las calles eran de tierra, la pobreza del lugar era constante, donde quiera que miráramos todo era suciedad, en un volquete de camión que hacía de basurero nos sorprendió un hombre metido en él, al lado del contenedor había un buitre que comía restos de tripas de algún animal, el hedor era nauseabundo, nos fuimos de allí espantados por el olor, al preguntar el porqué del hombre en esa situación tan horrible, nos contaron que fue pillado robando y tras golpes y patadas lo habían metido allí como castigo, nuestra respuesta fue una última mirada al hombre y un encoger de hombros, era África. Había un grupo más numeroso que el nuestro que también vino en el avión, nos encontramos y departimos qué haría cada cual, ellos habían conseguido un buen transporte, una guagua para unos doce, la llenaban. Intentaron contratar a Congo, en el aeropuerto lo habían menospreciado y nosotros lo acogimos y acordamos con él que iría allá donde quisiéramos, tras intentar convencerlo con más dinero, rechazó la oferta con la disculpa de que nos había dado su palabra y era un hombre de honor, como comprobaríamos durante nuestra aventura. Como no conseguimos transporte y el otro grupo carecía de guía, acordamos que nos llevarían y nosotros aportábamos a Congo, partimos a media mañana rumbo a Bobo-dioulasso, nos dijeron que eran unas seis o siete horas de viaje, si todo iba bien, en aquel medio era bastante decir si todo va bien. Escogimos una ruta menos corta pero más auténtica, entonces en Burkina el turismo no existía y el transporte público era nulo, por el camino veíamos camiones cargados de gente, y en cada pueblo, vendían bolsas con agua para beber y toda clase de comida y dulces. Parábamos de vez en cuando para ir al baño y estirar las piernas, pues la guagua era para doce e íbamos dieciocho, más el equipaje, nosotros íbamos atrás, nos acompañaba una botella de ron de Arehucas, que nos hacía el trayecto más llevadero, hasta el punto que comenzamos a cantar, así estuvimos mi compadre y yo durante más de 400 km. , cantando y sin repetir una canción, teníamos las piernas que no las sentíamos, entre lo apretados que íbamos y los taponcitos de ron, hicimos el viaje más ameno que podíamos imaginar. En el camino nos paró la policía y con la disculpa de que éramos de Médicos sin fronteras más un poco de dinero, nos dejaron pasar, más tarde llegamos a un campamento que llevaba un francés, blanco por más señas. Sería el único blanco que encontráramos en Burkina. Nos acomodamos y bañamos tras una jornada intensa. El lugar era un sitio acotado por un muro y con habitaciones en torno a un descampado, podíamos quedarnos en ellas o en tiendas de campaña, optamos por las primeras. Yo caí muerto, por el viaje y por el ron. Al levantarnos nos esperaba un pan exquisito, con mantequilla y mermelada, Congo ya estaba en pie y con un transporte para nosotros cinco, era una vieja furgoneta Toyota, color crema y llena de abolladuras, el interior no era mejor, un asiento para tres y dos delante con el chófer. La furgona olía a gasoil y carecía de cualquier extra, ni aire ni cinturones de seguridad ni tapizado, el asiento en color mierda le iba que ni pintado. ( Continuará)