Seleccionar página

Siempre fui mi peor enemigo, como tantas personas, el más estricto juez que me he cruzado en la vida. Ni tan siquiera aquellos arcaicos profesores que trataron de educarme a base de leña y adjetivos despectivos, fueron tan crueles como yo mismo. Nunca escuché una crítica constructiva que proviniera de mi parte, cada acto o gesto fue cuestionado por mi ego.

Guardaba tantos recuerdos oscuros que realmente creía que la vida era así. Frente al espejo, no me iba mejor, veía a un niño flacucho y cabezón que no destacaba en nada, malo en el deporte, del montón en los estudios, nada especial, o sí, porque para adornar el cuadro, llevaba unos hierros en los pies, desde la cintura hasta unas botas ortopédicas, todo un poema como en mi película favorita, Forrest Gump, donde me veo reflejado, sobre todo en aquella escena en la que corriendo se le van desarmando los aparatos y va cogiendo cada vez más velocidad.

Hay que pasar por eso para saber qué gusto da el correr sin limitaciones, pues así mismo me pasó a mí, corría yo jugando con mis hermanos, cuando de pronto uno de los hierros que me limitaba, se rompió, cuando fuimos al traumatólogo, me habían cambiado de médico, quien tras examinarme, me dio la alegría más grande de mi corta vida, pues dijo quien me había mandado ese aparato de tortura, que lo tirara a la basura y continuara con mis entrenamientos de natación, mis ojos se me iban a salir del cráneo, aquel especialista me libraba de mi yugo.

Al igual que Forrest, sentí una voz en mi interior que gritaba, corre Gustavo, corre, y corrí, vaya si corrí, hasta que mis amigos me apodaron, El Bala. Para mí comenzó una nueva vida, la de un niño que empezó a sentirse como los demás.

Así fuimos y nos formaron a mi generación, siendo nuestro peor enemigo, el más cruel de nuestros críticos, testigos de nuestra propia ignorancia sin opción, pero el futuro nos guardaba otro camino y tuvimos que aprender a vivir sin autoestima, sin querernos y sin yoga ni terapias emocionales, con la única ayuda de nuestra propia familia y los amigos.

Yo, no fui menos que nadie y tuve que resignificar todo el bagaje acumulado, tratando de no sucumbir en mi océano interno, plagado de adjetivos despectivos y asegurándome de no perpetuar en mis hijos la herencia recibida, armándome de humanidad, reconociendo cuando fuera necesario, mis errores, pidiendo perdón sin orgullo.

Tuve que crear un yo paralelo a mí mismo, sin dejar rastro de las zonas oscuras y absorbiendo el conocimiento vital, reinventándome, remodelando lo necesario para intentar ser cada vez mejor, asumiendo que cada uno tiene su propio ritmo evolutivo, que nada me puede hacer mal si mis creencias son coherentes con mi sentir, superando fobias y traumas como mejor pude, hasta fundirme con ese doble creado de la nada y desechar el antiguo en pos de la excelencia, muriendo de pena y dolor, bajando al mismo infierno, quemándome con el fuego de mis lágrimas, claudicando hasta desear mi propia muerte, rendido, pero volviendo a nacer una y otra vez para lograr un estado de serenidad profundo y permanente, resignificando mi realidad, redescubriéndome y emergiendo desde el fango en el que te sumerge Maryela , hasta convertirme al fin en mi propio héroe.