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En mi pueblo, La Aldea de San Nicolás, el tiempo transcurre muy lentamente, tan despacio que pareciera que el segundero está agonizando, un segundo dura una eternidad, sin embargo, los días pasan volando, es la incoherencia del pueblo. Ahora mismo, la Aldea huele a fiestas, el pueblo se engalana para la ocasión, hay banderas en las calles, los feriantes toman los solares y avenidas con sus atracciones. Los aldeanos, haciendo honor a su fama de hospitalarios, hacen aprovisionamiento de toda clase de manjares para agasajar a sus invitados, las casas se llenan de camas para acoger a la familia que acuden desde otros lares a celebrar el santo patrón y la fiesta más sonada y original de cuantas hay en Canarias. Las noches se prolongan hasta el amanecer con verbenas y bochinches, turrones y carritos de helados no faltan a las fiestas.  Ya por la mañana, el baño en el muelle se torna imprescindible para despejar la resaca, allí se concentran personas de todas las edades, que se entremezclan conversando y poniéndose al día, pues se reúnen los que viven en el pueblo con los que un día fueron en busca de mejor manera de ganarse el pan. La Aldea sigue unida a la agricultura, los aldeanos saben bien de la tierra y de los sacrificios que esta conlleva. Se han hecho rudos en cuanto al trabajo, pero no de carácter pues ellos, acostumbrados a los varapalos que la naturaleza da, no suelen dejar nada para mañana, te dan todo el cariño sin esperas, pa´que te jartes y vuelvas, que una tranca en la Aldea no es lo mismo que en cualquier otro lugar, que aquí si te coges una, no la olvidas jamás. Ya al mediodía, parece un pueblo fantasma, pues a nadie se le ocurre salir a pasear a esas horas en que el tiempo vuelve a pasar tan lento que parece que nunca va a pasar. Arriba en el cielo, tan azul que hace daño mirar, rige Magec, el sol, implacable en su brillar, sólo un pequeño cernícalo osa volar, ahí suspendido en el vacío, sin apenas mover sus alas se pasea ante mí, parece que se quiera lucir ante mi casa que, situada en una pequeña loma, aprovecha la suave brisa que asciende desde el pueblo, cálida como en agosto suele estar, para imponer su presencia cerniendo sus alas, de ahí su nombre, para en un instante, precipitarse en un picado hacia alguna inocente lagartija para, con un sutil movimiento de su cola, corregir su descenso infernal y lograr hacer un vuelo rasante y atrapar con sus garras suave pero firme a la preciada presa, que devorará en un echadero a escasos metros de mí. No me cabe duda de que el cernícalo es de aquí, aldeano, pues acude fiel a saludarme dos veces al día y yo, para no defraudarnos a ninguno de los dos, salgo al porche cada día puntual, a las doce y a las seis, que mi corazón también tiene algo de salvaje, que nacimos bajo el mismo cielo y que a los dos nos gusta volar. P. D.  Dedicado al pueblo donde nací, la Aldea de San Nicolás, y a mis coterráneos que tanto me hacen sentir.