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Nadie quiere sanar. Sanar conlleva mucho trabajo y tiempo.

Así de claro lo veo, me incluyo en el lote. Sanar, no tiene nada que ver con curarse o aliviarse, es mucho más, sanar conlleva una transformación esencial, sanar implica cambiar, dejar de ser aquél que enfermó y empezar de nuevo. Cuando uno enferma, ha transitado por caminos que lo han disociado de su ser esencial, dejando de lado sus sueños y ha olvidado el niño interior, causando una tormenta emocional que lo ha sacado del orden natural, de la homeostasis. Al enfermar ha dejado de escucharse para oír solamente los tres grandes miedos, la tríada fatídica.

La naturaleza siempre nos brinda la oportunidad de volver al camino que nos conduce al equilibrio, lo hace en forma de signos y síntomas para que reconduzcamos nuestra vida por el sendero de la reparación física y emocional. Si sabemos interpretar los avisos de nuestro cuerpo,  es posible restaurar el orden natural del organismo, pero si nos ignoramos, si hacemos caso omiso a las señales que nuestro organismo nos da, caemos irremediablemente en el caos, entonces entramos en la cascada del estrés que nos conduce a la enfermedad.

Así, al darnos cuenta de que algo no va bien en nuestro cuerpo o mente, entramos en pánico, recurrimos a tratar de aliviar los avisos que nuestro organismo, en un intento de que nos veamos reflejados en ellos, nos ofrece como oportunidad para retomar las riendas de nuestra vida y reconducir nuestro rumbo perdido. Entonces aparecen los miedos, la tríada fatídica que ya he nombrado, en ese momento, nos vemos perdidos, desolados y nos refugiamos en todo menos en nosotros mismos, pasamos a depender de otros, miedo a no ser querido o aceptado, a ser rechazado, comenzamos a sentirnos perdidos, a proyectarnos en el inexistente futuro, a clamar al cielo, miedo a la inseguridad y depositamos nuestra vida en manos de otros, médicos, drogas, dioses, etc., intentamos por todos los medios, crear la falsa sensación de que lo tenemos todo controlado , miedo a perder el control. Ya instalados en estos tres miedos, a no ser querido, a la inseguridad y a perder el control, entramos en caída libre al vacío del pánico, es en este preciso instante cuando no parece haber salida, las noches negras del alma, toman nuestra mente y nuestra alma.

Hasta aquí, todo ha salido mal, es entonces cuando podemos aprovechar la caída para planear, caigo, pero quizás pueda enfocar mi caída hacia un lugar blando donde aterrizar, me precipito sin control, pero hasta el impacto, hasta el final, yo puedo tomar las riendas del vuelo y, quien sabe, igual puedo desarrollar alas, o volverme tan ligero como esas nubes que veo pasar, ya sé, tal vez, si me vuelvo a dormir, despierte de esto que parece una pesadilla.

Retomo mi mente alucinante y cobro conciencia de en qué lugar estoy y de mi situación. No hay que adelantarse en el tiempo, no tengo el control de nada, me amo sobre todas las cosas y la inseguridad es tan natural como lo es el sol que entra ahora por mi ventana. Recuerdo ahora una frase de Hawkins, mientras haya vida, hay esperanza. Sonrío.

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